El reality que todos ven tiene conductor, confesionario y una eliminación por semana. Este tiene una libreta de rayas y a doña Lupe. Empieza a las once de la noche en una calle de subida, por Santa Martha, cuando los tambos ya están alineados sobre la banqueta como si esperaran turno para hablar.
Nadie lo transmite. No hay cámaras ni patrocinador. Hay veinte familias, tres perros y una pipa que a veces llega.
El casting
Doña Lupe es la producción completa. Lleva la libreta desde hace seis años. Ahí anota quién llegó, a qué hora y cuántos tambos trae. Nadie la eligió. Se cansó de los gritos y compró la libreta en la papelería de la esquina. Desde entonces la fila tiene reglas.
Don Chuy es el que sabe. Conoce al chofer, conoce la ruta, sabe si la pipa viene del pozo de siempre o de más lejos. Sus pronósticos fallan la mitad de las veces. Nadie se lo reprocha. En cualquier otro formato sería el participante veterano.
Iván tiene veintitrés años y trabaja en un call center. Cambió turno con un compañero para poder estar aquí. Trae audífonos y una silla plegable. Dice que la fila es más entretenida que el teléfono, y luego se ríe por decirlo.
La niña de la casa azul se durmió sobre un tambo vacío a las doce y media. Su mamá la cubrió con una sudadera. Nadie hace ruido cerca.
Las reglas del juego
Los turnos son sagrados y flexibles al mismo tiempo. Si te vas a dormir un rato, alguien te cuida el lugar. Si la pipa llega y no estás, pierdes el turno, pero alguien te va a tocar la puerta. Aquí nadie sale eliminado. Esa es la diferencia con la televisión: aquí todos regresan la semana que entra.
Yo no soy la jefa de nadie. Soy la que apunta. Si me equivoco me lo dicen, y lo corrijo.
Doña Lupe, la de la libreta
A la una de la mañana hay un debate sobre si los tambos de doscientos litros cuentan igual que los de cien. Se resuelve con una regla nueva que doña Lupe anota al margen. No hay votación. Hay consenso, que es más raro.
Confesionario a las tres
A las tres en punto aparece la señora de los tamales. Nadie sabe cómo sabe. Trae verdes, de rajas y de dulce, y un termo de café de olla. Cobra lo justo y fía a quien haga falta. Ahí la fila se vuelve otra cosa.
Se habla de todo. De la renta que subió, del hijo que se fue a Querétaro, de la señora de la esquina que ya no puede cargar sus tambos y a quien Iván le va a llenar los suyos. Es el confesionario sin cámara: la gente dice lo que piensa porque nadie la está viendo.
Final de temporada
La pipa llega a las cuatro y cuarenta. Se anuncia sola: el motor se oye desde tres cuadras antes. Don Chuy dice que él lo sabía. El chofer baja, saluda a doña Lupe por su nombre y pregunta por el orden. Ella lee la libreta. Uno por uno.
No hay premio. Hay agua, que a estas alturas es lo mismo. Nadie aplaude. Cada quien rueda sus tambos hacia su casa, con ese sonido de plástico arrastrado que en esta colonia significa que la semana empezó bien.
A las seis ya no hay nadie en la calle. La libreta está guardada en el delantal de doña Lupe. El reality que todos ven regresa el martes con su eliminación. Este vuelve en ocho días, o en quince, o cuando la pipa quiera. Sin cámaras, con libreta.
Los nombres son de pila y algunos se cambiaron a petición de los vecinos. Nadie pidió que lo grabáramos, así que no lo hicimos.




