Hay una frase que lleva veinte minutos estorbando. Suena bien. Tiene ritmo. Hasta parece inteligente. El único problema es que no dice lo que querías decir. La mueves al inicio, la mandas al final, le construyes un párrafo alrededor. La frase sigue ahí, cobrándote renta.
A veces escribir consiste en encontrar palabras. Otras, en admitir que ya encontraste demasiadas. El borrador acumula todo: lo que observaste, lo que quisiste demostrar y lo que pusiste para que nadie notara que todavía no sabías por dónde entrar.
La frase bonita también puede sobrar
Tachar da un poco de vergüenza porque deja a la vista el intento. Por eso resulta tan cómodo borrar en la pantalla: desaparece hasta la evidencia. En una libreta, en cambio, queda el rayón. Debajo todavía se alcanza a leer algo. La página conserva sus desacuerdos.
No todo lo que quitamos estaba mal. A veces era otra historia tratando de colarse. Se puede guardar en otra hoja, dejarlo descansar o aceptar que solo sirvió para llegar a la siguiente oración. Es bastante trabajo para una frase.
Leer con la boca
Leer en voz alta cambia la escala. Donde los ojos pasaron de largo, la lengua se tropieza. Aparece una palabra que nunca usarías al hablar. Una explicación repetida. Un final que lleva tres párrafos despidiéndose y no termina de irse.
No hace falta que todo texto suene a conversación, pero conviene escuchar lo que pide. Una crónica puede necesitar una pausa; un poema, una incomodidad. Corregir también es distinguir entre una dificultad que hace algo y una que solo ocupa sitio.
La libreta termina con flechas, huecos, palabras encimadas. No se ve limpia. Se entiende mejor. Por ahora, alcanza.

