Cierras la computadora y, por un segundo, parece que el día vuelve a ser tuyo. Luego revisas un mensaje. No urge, dice. Lo contestas de todos modos. Todavía falta cenar, lavar dos platos y decidir qué hacer con el rato que queda. El rato se va decidiendo.
Llamamos tiempo libre a lo que sobra después de cumplir. La expresión tiene algo raro: da por hecho que el resto del día le pertenece a otra persona. Y a ese pequeño sobrante también le ponemos tareas. Aprender algo. Hacer ejercicio. Ver esa película de la que todos hablan. Descansar lo suficiente para volver a rendir mañana.
Descansar sin entregar resultados
No tiene nada de malo querer hacer cosas. El problema aparece cuando hasta el gusto necesita una justificación. Caminar está bien si cuenta pasos. Leer está bien si deja una lección. Sentarse en la banqueta parece sospechoso si no estamos esperando a alguien. Nos cuesta tolerar una hora que no pueda demostrar para qué sirvió.
Quizá por eso pesa tanto la pregunta del lunes: «¿Qué hiciste el fin?». A veces no hay una historia. Hubo una siesta, una conversación que se alargó, una canción repetida. Cosas que no mejoraron el currículum. También hubo cansancio, y no tendría por qué disfrazarse de un plan interesante.
El derecho a una tarde cualquiera
Poder disponer del tiempo depende del dinero, del trabajo y de quién se encarga de cuidar a quién. No se resuelve apagando notificaciones. Decirle a alguien que se organice mejor puede ser una forma bastante cómoda de no preguntar cuánto le exigen.
Pero sí podemos empezar por dejar de examinar cada pausa. Una tarde no necesita convertirse en una versión mejorada de ti. Puede quedarse en tarde. El mundo ya tiene suficientes personas pidiéndote comprobantes.

